La doble responsabilidad de la persona: consigo misma y frente a los demás

La doble responsabilidad de la persona: consigo misma y frente a los demás

Por tener una preeminente dignidad, cada persona tiene una doble responsabilidad. Una responsabilidad consigo misma para esforzarse, al máximo de su capacidad y posibilidades, en desarrollarse plenamente en todas las esferas de su vida, a fin de alcanzar su desarrollo integral: el máximo nivel posible de todas las dimensiones de su humanidad. En eso consiste parte de la empresa de ser persona: trabajar cotidianamente para perfeccionar la propia vida. El individuo atentaría contra la eminente dignidad que le corresponde si renuncia a luchar por su propio desarrollo, si se duerme en el sitial que hubiera obtenido o le hubiera correspondido y no se esfuerza en ser más plenamente persona en todas las circunstancias concretas de su vida: como hijo, padre, amigo, profesional, como ciudadano y gobernante; en fin, en todos los espacios de su vida, tanto pública como privada.

Cada persona tiene también una responsabilidad frente a los demás para contribuir, según sus capacidades y posibilidades, al bienestar de su comunidad, al pleno desarrollo de los demás integrantes de la humanidad. ¿Por qué? Porque todos los seres humanos somos personas, tenemos igual dignidad y nos necesitamos mutuamente. Si bien se es persona por el solo hecho de ser humano, se actúa coherentemente con esa condición si,
además del compromiso con uno mismo, el ser humano no es indiferente con la suerte del otro, si se compromete con el bienestar de quienes, como él, también son personas, en especial con la satisfacción de las necesidades básicas de los más pobres, de quienes se encuentran en la situación más débil, o son víctimas de contextos injustos que los someten al abandono, la violencia, la desigualdad y la exclusión. Una relación que incluye el cuidado de la naturaleza, asegurando el equilibrio del medio ambiente, promoviendo el rol que le corresponde a la vida humana y no humana en tal equilibrio, y conservando la biodiversidad para que el desarrollo sea realmente pleno y vivificador.

Por ese motivo, el ser humano no solo debe preocuparse por su vida individual sino también ser un actor social: debe tener una participación más activa en la vida social y política de su comunidad, en el control sobre sus gobernantes, y vivir –por decisión autónoma– conforme con ciertos valores y virtudes cívicas (como la honestidad, la tolerancia y la solidaridad) por ser condiciones necesarias para convivir civilizadamente, con justicia y en paz.